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octubre 27, 2011

La historia entre "Romerito y Don Antonio Chenel "Antoñete"

Para Alex Garcia

Tengo un amigo en la costa del Pacifico, casi un niño, solo tiene dieciséis años, es costarricense, bonito país de playas paradisíacas.
__Lo conocí por azar y ese día me bendijo la suerte, enamorado de la copla, del flamenco, de España, de nuestra dehesa, del mundodel toro, de una manera que es adoración lo que siente, lo he visto crecer en la red, no en edad que poco importa, en su concepto de la vida, en sus escritos.
__Al principio me visitaba en el chat y me hacia preguntas de España, me llamaba maestro, profesor, a mi, que la vida nada me dio salvo consuelo en mi miseria, es así como lo conocí, me gustaron sus maneras; por entonces Enrique Morente acababa de entregar su alma al altísimo, yo le compuse unos versos, que fueron de sus agrado y desde entonces me visita y visito en lared, recientemente por su forma de escribir presentí que a alguien muy queridole había ocurrido algo, le pregunte solicito y en efecto su hermano con 26 añoshabía tomado un camino que no tiene marcha atrás, una señora enlutada lo apartaba del sendero de la vida.
__Lo observé y lo vi indignado contra el mundo, porque en esa locura de su corta edad la sangre hierve y es difícil entender algunas cosas.
__Mas recientemente, “anteayer”, como diría DonAntonio Chenel “Antoñete”, publicaba en su portal una historia sobre el torero de Madrid, su voz ronca, cansada y entrecortada en las tertulias conManolo Molés, nunca voy a olvidarla; Chenel ha muerto, Dios lo tenga en la Gloria.
__Una frase citada por este niño del cual escribo decía así:
“Nuestra historia la escribimos nosotros mismos,simplemente la vida se encarga de agregarle situaciones para escribir y escribir…

__Que bonito en verdad, bueno pues con estas me contaba una linda historia del torero de Madrid que ha sido publicada en la red, vamos con ella.
Autor: Rafael Valiente

Romerito y Antoñete                                                           


.…nuestra historia la escribimos nosotros mismos, simplemente la vida se encarga de agregarle situaciones para escribir y escribir…

Romerito y Chenel

“¿Tú que quieres chico?”, repetía el matador, sosteniendo próxima, fija, implacable, la mirada penetrante del toro. Una bellota, luego otra…. palabras tiernas de torero y el animal que se aplaca, sumiso y dócil, abandonado a las caricias de su amo. Ahí los dos, hombre y toro, en una cómplice unión. 

Fue su fiel mascota durante 11 años, hasta que un tumor se llevó por delante al gran semental. Su muerte, en 2004, fue el motivo que llevó a Antonio Chenel a sufrir una severa depresión y a vender su ganadería. Esta es la historia de una relación que comenzó cuando, misteriosamente, Romerito no embistió a Antoñete como un toro bravo que era, sino que prefirió comerse las bellotas que vareaba bajo una encina de su finca. 
Romerito fue un toro de Murube que El niño de la Capea le regaló en 1993. Poco antes, Antonio Chenel le había comprado 25 vacas del mismo encaste. 


Sería una especie de patriarca de la ganadería con la que pensaba cumplir un sueño pendiente: su último sueño profesional y el encaste Murube representaba su ideal de toro. 

Pedro Capea y su esposa Carmen, decidieron regalarle a Romerito. Era utrero y procedía de una tienta de machos, que habían organizado en su finca salmantina. Fue calificado de sobresaliente en el caballo y notable en la muleta. Bravísimo y muy pronto, pero demasiado agresivo. 

Meses más tarde, en su finca de Navalagamella, al norte de Madrid, impaciente como padre primerizo, Antonio esperaba la llegada del camión con su nuevo semental. De pronto se abrió la trampilla y apareció aquel torazo. Era un galán, un pavo, vamos lo que se dice un tío. 


Instintivamente le retocó el nombre. Para él, no sería Romerito, sería Romero. Como declaración de intenciones, lo echó inmediatamente a las sus vacas. Romero se distanció, se acomodó y empezó a hacer su vida íntima sin incidencias. 

Al final del otoño, Antonio repasó las encinas, se habían cuajado de bellotas. Empezó a varear, el suelo se llenó y las vacas estiraban el cuello y venían a fisgar. Antonio miró de reojo por si Romero se proponía marcar el territorio y tocaba salir de naja. Nada que temer, seguía las operaciones a distancia, indiferente como un tótem. Tranquilo el toro y tranquilo el torero. 

Embebido en las tareas de campo, Antonio repetía invariablemente sus rutinas de ganadero: vareaba las encinas, permitía que las vacas se acercaran a discreción y fumaba su cigarrito, sentado en uno de los tres poyos desde los que se abría el horizonte de la finca. Por la fuerza de la costumbre, un día fumó, vareó, se distrajo, resopló y justo entonces sintió un toque sospechoso en el empeine del pie izquierdo. Para alguien que había matado toros estaba claro que aquel era el toque redondo de la pala de un pitón. Casi no se atrevía ni a mirar, pero miró. Era el mismísimo Romero.

En situaciones como aquella había que abstraerse y escuchar el sistema nervioso. Se encogió de hombros y murmuró, como en confidencia, lo que estaba pensando. -Sé que no tengo escapatoria, Romero. Además, no sabría donde ir. Puede que te arranques y me eches mano. En ese caso estaré perdido: ya ves que la casa queda lejos y que no hay donde resguardarse. Me quedaré aquí, esperando a que decidas por los dos. Y que pase lo que tenga que pasar. 

No hubo cogida. Tiempo después, imposible saber cuanto, Romero se fue muy despacio. Empezaron ahí una relación telepática. Cada vez que se acercaba aquel toro de casi 600 Kg., Antoñete sentía una mezcla de inquietud y curiosidad. La superaba con un antiguo recurso de superviviente: ante la sensación de peligro, lo aconsejable era disfrutar del miedo. Si acaso, se permitiría algunas precauciones elementales. Por ejemplo, la de recoger dos puñados de las bellotas mejor esmaltadas para llenarse el bolsillo. Luego encendía el cigarro y fingía indiferencia, como quien se hace el quite del perdón. 

En cuanto le veía, Romero se acercaba con la prestancia de los toros dominantes. Para prevenir malentendidos, Antonio le lanzaba las bellotas 10 ó 15 metros más allá. Pero Romero seguía avanzando y él recuperaba la sensación de fragilidad y le repetía su habitual discurso de subordinado. 

Sé que no tengo escapatoria, Romero. Además no sabría donde ir… Cuando quiso darse cuenta, estaba dándole bellotas en la mano. Sin saberlo, Pedro El niño de la Capea le había regalado un amigo. Le hablaba y se acercaba, le respetaba, le escuchaba, le daba de comer. 

Pasó la temporada de bellotas y Antonio le ofrecía en el cuenco de la mano unos cuantos tacos de pienso compuesto. Romero los retiraba con delicadeza. Tenía la cornamenta larga y acapachada; dos leños que se abrían, bajaban y remontaban su curva de guadaña. Parecía imposible que en algún movimiento instintivo no le alcanzase las sienes con el pitón. El secreto era sorprendente: antes de volver la cabeza, daba un pasito atrás. ¿Cómo podía evitar su fascinación por aquel toro? 

En 1997, Pedro Capea le pidió prestado a Romero para cubrir unas vacas. En el viaje a Salamanca, desguazó la caja del camión. Y luego, a su llegada, proclamó la ley marcial en la finca y allí declaró la guerra. Convertía cualquier faena campera en un problema para los vaqueros y el mayoral. 

Mientras tanto, Antonio descontaba los meses mirando el reloj. Pasados tres años, Pedro lo devolvió a Navagamella. Antoñete estaba lleno de dudas: no había vuelto a verlo, y por segunda vez, llegaba precedido de su leyenda de camorrista. 

Abrieron la trampilla medio destrozada del camión, salió Romerito, y le habló Antonio Chenel, “Vamos, vamos, ya estás en casa”, y Romerito se convirtió de nuevo en Romero. 

Convivió con Antonio cinco años más. En 2004 le detectaron un tumor. La dolencia era incurable. Solo le quedaban dos o tres meses. Antonio tomó una decisión: le abriría la puerta y lo dejaría que se fuera con sus vacas. Quedaría con él a la hora convenida. Como siempre y hasta el final. Romero murió en algún momento del verano. Se fue al limbo de los toros y dejó a Antoñete como un alma en pena. 

Este episodio, que no pasó de un buen susto inicial, marcó el comienzo de una hermosa y sorprendente amistad. Ni el tiempo que estuvieron separados logró romper la química que había entre ellos. 


Tratar de explicar un fenómeno semejante pasa por admitir un hecho arraigado a los orígenes de la vida: el de la relación del hombre con el resto de animales, que pueden tener, en ocasiones, lazos mucho más fuertes de los que se tienden entre humanos.
De: TIERRA DE DEHESAS


                                                                        

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